Mi celular no paraba de sonar. A él bastó con activar el modo silencioso para poder seguir amedrentando. En situaciones de alto estrés, es normal sentir que el corazón se te va a salir del pecho, pero en esta ocasión, mi pecho parecía vacío; todo mi cuerpo era un contenedor hueco en el cual rebotaban sus gritos. Si estaba muerto, ya estaba en el infierno; si estaba vivo entonces lo peor aún estaba por pasar. En todo caso, yo no tenía escapatoria.
Con una mano sostenía la toalla, amarrada sin mucho esmero a mi cintura. Más que evitar mi desnudez, esa toalla era un símbolo; un intento de preservar algo de dignidad si es que me quedaba algo de eso. Mi brazo izquierdo estaba instintivamente detrás de mi espalda, en un intento absurdo por mantener cerrada la única salida a todo este bochorno. Detrás de una puerta robusta y de metal, le seguía una reja blanca aún más robusta. Y detrás de esa reja, seguida de un espacio ridículamente pequeño, había otra reja aún más ancha y pesada.
Normalmente, estas eran medidas de seguridad para proteger a residentes del peligro que venía de afuera, pero ese día ocurría lo insólito: todo ese metal era una jaula en la que yo procuraba contener un peligro que venía de dentro. Intentaba evitar que un hombre perturbado saliera a lastimar a alguien que amaba.
No puedo recordar la fecha exacta, pero sé que esto que estoy por contar ocurrió entre mediados de abril y julio del 2014, a mis 19 años. Me encontraba transitando un momento complejo dentro de mi noviazgo de poco más de un año. A Darío, entonces mi novio, lo conocía de hace un par de años ya. Antes de formalizar nuestra relación, nos habíamos vuelto grandes amigos. Era tanto costumbre como deseo genuino estar para el otro, especialmente en situaciones complicadas. Por supuesto, esto no es nada ordinario dentro de una relación de adolescentes, homosexuales o no.
Saco a colación la homofobia pues permea la historia que les estoy presentando y considero es importante reconocer algunas diferencias entre relaciones homosexuales y heterosexuales. Si bien, entre parejas del mismo sexo, no se suelen transitar experiencias como el embarazo o el aborto, la homofobia es uno de esos contextos en los que una pareja homosexual se ve obligada a fortalecerse o ceder ante la presión. Algunas parejas padecen esto más que otras, por supuesto. Todo depende del entorno.
Si hablamos de la homofobia en la calle, muchas veces tienes la libertad de cruzar de vereda, evadir cierto vecindario, o incluso camuflarte entre la multitud si así lo deseas. Sin embargo, cuando la homofobia está bajo tu mismo techo, no hay cruce de vereda que la pueda evitar realmente. Te encuentras en un entorno en el cual la seguridad es relativa; un privilegio que te es negado tácitamente aunque no lo hayas pedido. Ningún espacio parece lo suficientemente seguro para estar o ser tú mismo pues todo es un gatillo. Que te atrapen viendo un programa de televisión, prestar más atención de lo usual al actor guapo en la pantalla, que te escuchen hablar con cierta agudeza en el tono, sentarte o acostarte de cierta forma, a veces incluso el no comer ciertos alimentos puede delatar que «eres marico». Para quién ya decidió que eres culpable, todo testimonio corrobora que debes ser condenado.
Para Darío y para mí era cuanto menos difícil hallar espacios donde pudiésemos ser los típicos adolescentes enamorados. Aún así, tuvimos mucha suerte de encontrar lugares que hicimos nuestros. Tener citas o momentos de intimidad involucraba una logística digna de una agencia de inteligencia militar. Dentro de aquella Caracas contábamos con muy pocos espacios que pudiésemos considerar seguros fuera de casa. No obstante, nos las ingeniábamos para erguir puentes entre tantos caminos rotos y así poder vernos, compartir; y si los astros se alineaban lo suficiente, aliviar nuestros cuerpos.
Intercambiando mensajes una noche. Habiamos encontrado un espacio en medio del caos. Necesitábamos conversar sobre uno de esos temas delicados que hacen que el resto parezcan tan ridículo como un post sobre “gestión y liderazgo” que hace alguien en LinkedIn.
Nos encontraríamos en mi casa. No estaría nadie en todo el día y podríamos hablar con tranquilidad, llorar y abrazarnos sin preocuparnos más de la cuenta. Es decir, siempre existe la posibilidad de que alguien vuelva a casa. Pero, no sería un problema porque tan solo estaríamos conversando, y el tema en sí mismo no se prestaba para mucho más. No importa por donde lo viera, el riesgo valía la pena para poder acompañarnos en un momento realmente difícil.
Tal y como esperaba, Darío y yo logramos hablar en paz. Tuvimos espacio para escucharnos el uno al otro y servir simplemente de acompañante y contención. Fue una de esas conversaciones donde por fin notas lo tenso que estabas a medida que esa tensión se escapa en palabras, risas incómodas y una que otra lágrima.
El asunto no estaba “resuelto”, nunca lo estaría; pero ciertamente, el digerirlo juntos fue un bálsamo para ambos. Y es que hay algo en la catarsis que, aunque no solucione nada directamente, permite darle salida a emociones y sensaciones que se hospedan a sus anchas en todo lo que somos. Con la mente un poco más ligera y los pulmones habilitados, fuimos desalojando esa tensión a través de abrazos, risas y esa típica caricia en el antebrazo que te recuerda que la vida también puede ser suave.
Un abrazo de despedida nos expuso al cuello del otro, su perfume, su calor y su textura. Un “te quiero mucho” y un beso tímido en los labios fueron la bienvenida a una realidad más profunda, hermosa e inevitable: éramos adolescentes enamorados. La vida fuera de nuestra relación llevaba varias semanas en turbulencia. Hasta entonces, no habíamos tenido dónde existir como pareja. Y es que, debido al contexto que atravesábamos, el romance estaba lejos de ser una prioridad. Al final, pasó lo que se sentía inevitable. Hallamos el oasis en la piel del otro, abriéndonos paso a una realidad más dulce. Ambos seguíamos un poco tensos, pero algo que extrañábamos del otro se había habilitado en nuestras lenguas y necesitábamos probar más.
No sé qué pasaba por la mente de Darío en ese momento, pero, y si bien yo estaba feliz de estar con él, una sensación de falta no terminaba de dejar mi estómago. Incluso después del orgasmo, esa sensación seguía allí, pero ya yo estaba demasiado cansado como para cuestionarla. Fue entonces cuando decidimos tomar una ducha que también se sentía simbólica, pues era limpiarnos de mucho más que sudor, semen y lubricante.
Ducharnos juntos era algo que no ocurría con frecuencia, así que esas escenas están vívidamente documentadas en mi memoria. Esas risas que van y vienen adornadas con comentarios aleatorios sobre temas irrelevantes y fascinantes a la vez. El sonido de la ducha salpicando a dos idiotas que se quieren mucho, y la acústica perfecta de los baños; esa que hace de toda charla casual una sinfonía.
A los instrumentos de aquella orquesta se le sumaron los metales. Más concretamente un par de metales planos con intrincados cortes y texturas. Este sonido era familiar; de hecho, desde que tengo uso de memoria, esos sonidos los percibía con todo el cuerpo, no solo con los oídos. Era el ruido de esas malditas llaves.
Al cerrarse la primera reja, todos los órganos de mi cuerpo se reacomodaron, preparándose para la guerra. Con la segunda reja fue mi piel la que habló, y al cerrarse la puerta principal del departamento, mi garganta implosionó. El vapor atrapado en aquella ducha parecía reemplazar el oxígeno por completo. Aun así, el miedo se anunciaba en mi cara. Mi novio, confundido por la mezcla de mensajes en mi rostro trató de refugiarse en mi mirada como encontrando grietas en el tiempo. Algo en mí activó rápido, mi cuerpo se movía sin que mi cerebro tuviese oportunidad de narrarme lo que estaba haciendo. Le pedí a mi novio que se vistiera, pero entendí que en el baño solo había un par de toallas. Nuestra ropa estaba regada por toda la sala de estar, entre cojines y un bolso semi abierto.
Al escuchar los pasos pude ponerle fin a la duda. No eran los pasos cansados de una mujer que vuelve de trabajar. En cambio, eran los pasos pausados pero firmes de un hombre que vuelve a una vida que odia casi tanto como a sí mismo. Sin importar qué, no podía dejar que esas pisadas se abrieran camino hasta la puerta del baño. Y antes de siquiera planteármelo ya, yo estaba en toalla frente a ese hombre, en el medio de la sala.
Cejas rígidas ocultaban las intenciones de sus ojos. Pero mis pupilas dilatadas conocían su camino a través de esa negrura. Con una mezcla de confusión y la rabia de todos los días, este hombre frente a mí escaneaba toda la escena del crimen.
Las palabras escapaban desesperadas de mi boca.
– Papá, ¿puedes darme un momento?
– ¿Qué? – respondió con lo que creí ser una sonrisa.
– Mi novio está en el baño, pero ya se va – Me escuché decir.
– ¿Qué?– Volvió a preguntar con la sonrisa rota y la negrura vendando sus ojos.
– Mi novio está en el baño y ya se va.
Ni bien terminé de hablar, se dio media vuelta en dirección al punto más alejado del baño, el balcón; el cual quedaba justo después de la cocina. Alcancé a recoger rápidamente todas las pertenencias de mi novio y dejárselas en el baño.
Sin importar qué tan rápido nos moviéramos, el tiempo se extendiera frente a nosotros, rehusándose a un conflicto en el que no pensaba involucrarse. Fue aquí cuando tomé la única bocanada de aire que me entraba en los pulmones. El silencio finalmente se rompe con el choque de una gaveta que se abre abruptamente, el saltar de metales, plástico y madera. Del portal de la cocina veo salir a ese hombre con la cara vacía de expresión, su atención estaba en algo que solo él podía ver. En su mano, un cuchillo para carnes mal afilado.
En ese momento dejé de creer en Dios, y entendí que al morir no habría cielo, no habría infierno, solo silencio; o quizás, el eco de aquella gaveta.
Llevaba la toalla en mi cintura, pero me sentía más desnudo que nunca. Yo quería correr a la puerta, sentía que correr a la puerta lo más rápido posible era lo mismo que respirar, pero mi cuerpo, o quizá mi corazón desde su escondite, me obligaba a quedarme en medio de su camino sin importar qué.
Escuché a Darío salir del baño detrás de mí. Mi padre, enseguida se lanzó en su dirección ondeando cuchillo y amenazas. El pitido en mis oídos era insoportable. Todo a mi alrededor daba vueltas sin parar, y el único punto que usaba para orientarme era un cuchillo. Entre gritos y ademanes ese hombre en sus treinta y tantos intentaba ganar terreno. Sin lógica propia, intenté hacerle entrar en razón, no recuerdo con qué palabras.
Algo dije que lo hizo ver el cuchillo y devolverse a la cocina. Aproveché esos dos segundos para correr a abrir lo que parecían puertas infinitas que estorbaban para todo sin proteger realmente nada.
De lo siguiente solo recuerdo pequeños fragmentos: Mi padre reconciliado con el cuchillo en su mano, patadas repartidas, una reja que se cierra liberando a mi novio del purgatorio, las palabras policía y llamar que parecían venir de la boca de Darío y un no rotundo saliendo de la mía.
Frustrado por no haber apuntado bien su cuchillo, el demonio vuelve a la cocina.
Dario se rehusaba a irse de aquel lugar sin mí, pero yo le rogaba que no empeorara más las cosas y se fuera antes que volviera el hombre del cuchillo. Aseguré las puertas con llave detrás de mí y volví al encuentro con mi destino.
No paraba de mirarme de arriba abajo, con resoplidos, muecas de asco, decepción y vergüenza. Comenzó un monólogo del cual yo solo escuchaba algunas palabras aquí y allá pues en mis oídos solo había espacio para el sonido que hacia la hoja del cuchillo cortando el aire al mecerse temblorosamente en la mano de aquel hombre consumido por la ira.
–No te preocupes que no te voy a hacer daño. – decía como explicando lo más obvio y estúpido del mundo. De hecho, me sentí la persona más estúpida del mundo sin saber muy bien el porqué. Entonces mi atención se fue a su nariz. Su mirada pesaba más de lo que podía sostener la mía, pero su nariz parecía hacerse más puntiaguda y holgada de repente, daba la impresión de haber cambiado de forma solo para oler mejor el lugar y enterarse de todos mis secretos. Aún tenía la toalla amarrada a mi cintura, pero de alguna manera comencé a sentir que se me caían las ropas que no sabía que llevaba, saltando de mi cuerpo como si se tratase de un bote a punto de hundirse.
Por dentro sentía mucho calor, aunque en la superficie la piel la estaba helada. Quizá porque aún la llevaba mojada; después de todo, estaba en la ducha hace unos instantes. El monstruo dijo algo. En su lenguaje corporal, el cuchillo marcaba las tildes. Mi atención volvió al cuchillo, lo que lo provocó aún más. Con rabia soltó el cuchillo sobre la mesa y me dijo:
– No te voy a apuñalar, esto lo vamos a resolver de hombre a hombre. Ponte en guardia.
No entendí de qué estaba hablando. Entonces un coñazo me da en la cara. –Que te pongas en guardia, dije.
Seguí mirándolo absorto. No era que no entendiera lo que me estaba pidiendo, sino que yo no era capaz de leer a través de ese gesto. Y es cuando vives siendo violentado constantemente, las palabras pierden su tinte descriptivo y pasan a tener un significado más simbólico, abstracto y encriptado. No es lo que se dice, sino el contexto en el que se dice, el tono con el que se dice, las veces que se dice, y todas las respuestas que se pueden ramificar al mismo mensaje. Mientras más rápido puedas procesar todo lo anterior, más probabilidades tienes de evadir la trampa y mantenerte a salvo.
Mi cerebro estaba más que acostumbrado a hacer todos esos análisis en cuestión de segundos. No solo con palabras, sino también con el lenguaje no verbal como gestos, sonidos, cambios sutiles en el comportamiento del otro, etc. Esto me había permitido conocer las mil y un formas en las que se puede cerrar la misma puerta o pasar la página de un libro. Esta vez, lamentablemente, era una de esas ocasiones raras donde el programa no computaba debido a la incongruencia entre los datos y el comando. Me estaba pidiendo multiplicar «cero por cero» y obtener un resultado especifico y diferente al que la lógica demanda.
¿Mi agresor validando mi defensa? Por donde lo viera, era una trampa tanto tentadora como mortal. Así no funcionaban las cosas en entre nosotros. Desde siempre, si yo intentaba cubrirme con los brazos o esquivar algún golpe, él me gritaba que no lo hiciera y luego me volvía a golpear con más fuerza para dejar en claro que él era inevitable. Lo más sensato era recibir los primeros golpes sin oponer resistencia y con cierta solemnidad que a él le hacía sentir un hombre respetado. Mis reacciones tenían que ser mínimas, pues al llorar o gritar más alto de lo que él esperaba, le estaba pidiendo a gritos una razón «para llorar de verdad», cosa a la que naturalmente no me atrevía. Después de todo, si a mi madre le daba igual que me golpearan, por qué le iba a importar a alguien más.
Hasta hace un par de años, la justicia se ejercía con el dorso de la mano, el cinturón, una regla o algún objeto que hiciera un sonido que le pareciera hermoso. Era melómano, como yo, así que los sonidos eran especialmente importantes para él. Todo era parte de su orquesta, y él era el director absoluto.
Sin embargo, esta vez el director de no quería usar otro instrumento que el de sus propios nudillos. La obra que estaba por dirigir requería una precisión milimétrica y él quería estar más involucrado que nunca en cada movimiento. Por eso no podía separarme de la idea que si intentaba defenderme todo iba a empeorar; interrumpir su obra maestra podría ser penado con una condena que mi mente, ya acostumbrada a visitar distintos futuros, no podía predecir.
–Papá, no te voy a golpear. – Y recibí otro coñazo, y otro, y otro, me ahorcó contra la puerta, y me cacheteo con la otra mano. Yo solo era testigo morboso al lado de mi cuerpo; susurrándome de vez en cuando cómo moverme o qué responder para evitar provocarlo más. Con cada tambaleo que delataba mi impotencia él se avergonzaba de su hijo todavía más, lo cual alimentaba su repudio.
–Si hubiese sido una mujer, me hubiese ido, sin problemas. Orgulloso de que mi hijo haya traído por fin una mujer en la casa. Pero no, trae a otro marico más. Qué vergüenza. – Y sigue golpeando.
Algo hace que se detenga y se aleje un poco. Está evaluando qué tanto más daño puedo recibir. Era mi padre, obviamente no me quería matar, solo buscaba darme una lección y para eso solo era necesario llevarme al borde, pero sin empujarme al otro lado.
No era consciente de que mi celular no paraba de sonar, hasta que él agarra el teléfono para ver quién llamaba. Era el nombre una mujer. Contesta rápidamente para decir que yo estaba ocupado y que mejor dejara de llamar, lo cual no sirvió de nada pues en los próximos minutos números diferentes hacían sonar el celular. Mi padre apaga el celular tras un par de interrupciones y procede a iniciar otro monólogo a los gritos. Esta vez el teléfono de la casa le adorna el monólogo hasta que él decide contestar.
–¡¿Aló?! ¿Quién lo busca? No, mira, él está muerto. Se acaba de morir. Lo maté a coñazos. – Cuelga. El teléfono no paró de sonar hasta que arrancó el cable de la pared. Continuó golpeándome. Sintió la necesidad de explicarme que, aunque le costaba, prefería no golpearme en la cara, para que luego no hubiese mucho que explicarles a los familiares que me vieran esos días. Además, mi piel era “muy blanca y dramática como yo”.
Tras otro golpe, terminé en el piso, escupiendo la sangre que llevaba rato aguantando en la boca, justamente para escupirla toda en un momento como este y hacer la escena un poco más dramática. En algún punto de esta violenta coreografía, me había dicho a mí mismo que necesitaba convencerlo de que el daño era lo suficientemente llamativo para que él se sintiese satisfecho. Después de todo, el solamente buscaba un show a la altura de su talento. Cuando lo obtuviera, se detendría. Y así fue.
–Anda a lavarte, y respira bien que no te pegué tan duro, no seas exagerado. Si te estuviera golpeando de verdad no aguantarías tanto. –Mi lentitud y torpeza lo exasperaban, por lo que me ayudó a llegar a la cocina a punta de jalones de cabello. Me dolía respirar, pero al lavarme la cara con el agua del fregadero intenté comerme bocanadas de aire. Por más que intentaba, sentía que no podía obtener el oxígeno que necesitaba.
Otro monólogo se abría paso de fondo, pero toda mi atención estaba en respirar conscientemente y nada era más importante en ese momento. Posiblemente estaba en el intermedio de aquella sinfonía machista.
En algún punto el monólogo se vuelve interrogatorio y me duele la cabeza. Todo me da vueltas, y las palabras simplemente se me resbalaban. El mareo ya no me dejaba ser mi propio testigo. Estaba envuelto por el pitido en mis oídos y una sensación de pesadez que me obligaba a sentarme en mi cuerpo y tratar de reposar en él. Poco a poco, cual auto en movimiento, me acostumbré al mareo, y mi mente fue capaz de avanzar de nuevo. Sus ruidos comienzan a sonar como palabras.
–Te voy a tener en la mira todo el tiempo. Cuando menos te lo esperes me llego a tu universidad, y si te veo con él, lo caigo a coñazos a los dos. Es más, si lo veo ahora, lo mato. Si lo veo en la calle lo mato. Te juro que lo mato. No te estoy amenazando en vano, eso te lo juro, hijo. De ahora en más, solo sales para ir al trabajo, ir a la universidad y luego derechito para la casa. Cuando menos te lo esperes me vas a encontrar por allá, y si te veo mariqueando te caigo a coñazos frente a toda esa gente. Y ya te he dicho que camines bien, no te quiero ver caminando como marico, porque te vuelvo a caer a coñazos.
Mi padre se sentía profundamente incómodo con mi forma de caminar, y de hecho en oportunidades anteriores me había hecho saber que la razón por la que me roban en la calle o me hacían bullying en el colegio era porque se me notaba lo marico al caminar.
Recuerdo ir andando por la calle de forma diferente cada vez que salía con mi padre. A veces me hacía caminar delante de él para poder analizarme mejor. Me señalaba otros hombres en la calle y narraba sus pisadas como si se tratara de un documental de la vida salvaje. “Mira caminar a ese”, “mira como lo hace aquel”. “trata de imitarlos”, “no muevas tanto el culo”.
Ahora que lo pienso, me sentía igual en todos esos momentos: Era un testigo fuera de mi cuerpo, profundamente avergonzado por moverme por el mundo de una manera tan bochornosa y ridícula. Salir con él a cualquier lado, especialmente caminando, era una forma de tortura. Incluso cuando él estaba de buen humor, traía el tema a colación solo para asegurarse de que yo no bajara la guardia en ningún momento. Desarrollé una autoconsciencia al caminar que me haría preferir pasar días aislado en casa que explorar el mundo fuera de ella. No era que no quisiera estar afuera, solo quería protegerme de mi propio “tumbao” al moverme de un lado al otro.
Creí en todas y cada una de sus amenazas. Entendí que era el final de mi relación porque mi novio no estaría a salvo si nos veía juntos. Eso me generaría mucha tensión hasta el día de mi graduación, ya que mi novio y yo acudíamos a la misma universidad. Por lo que más que amenaza, sus palabras eran una sentencia.
Su monólogo continuó por un rato más hasta que el ruido de unas llaves lo hicieron volver al presente.
–¡¿Ahora cómo le vas a explicar esto a tu mamá?! – Dijo entre risas secas, y supe que el final estaba lejos.
Al entrar por la puerta, la cara de mamá pasó de sorpresa a confusión, y luego horror. El silencio hizo el aire más pesado.
–¿Qué pasó? ¿Qué pasó aquí? –Pregúntale a tu hijo– Soltó el desgraciado en un tono de decepción. Esa era una de sus voces más características. Un resoplido corto que soltaba cuando veía que yo no podía nadar pese a sus muy obvias instrucciones. Cuando yo no coordinaba lo suficiente para atrapar o lanzar una pelota con la que él quería jugar. Cuando yo comentaba que algo me gustaba, pero lo decía de una manera muy afeminada o hablaba de algo muy estúpido o muy “de mujer”.
Al recordar cada humillación, cada golpe y amenaza, yo iba recibiendo pequeños fragmentos; pequeñas escenas de vuelta a mi memoria. Iba armando una película, escena por escena. Pieza por pieza iba encajando una historia que, si bien era desagradable, tenía por fin un sentido. No uno propio que justificara por qué yo era infeliz, sino por explicar mi rechazo visceral hacia mi padre. Lo detestaba porque él me detesta a mí. Ese sentimiento de repudio no era del todo mío, sino su herencia, que a su vez lo era de otros.
Esa tarde, si bien me sentía humillado, cansado, y derrotado, también me sentía increíblemente libre. Libre de la culpa de no amar a una persona que ayudó a traerme al mundo. Alguien sin quien no tendría techo, educación, comida, y ropa, aunque me sintiese desnudo, ignorante y desenraizado.
–Cuéntale pues, hijo. Dile a tu mamá lo que estabas haciendo. Pero ya va…–alcanzó mi celular nuevamente, lo encendió y me pidió que anotara en un papel las claves del teléfono. Lo puso en modo avión y se fue a nuestro cuarto a revisar todo con calma. No sabía qué más esperar, pero todo estaba por empeorar.
Yo no paraba de temblar. Cuando mamá cerró la puerta tras de sí pude ceder el rol de testigo de forma automática. No porque esperaba que ella interviniera por mí, sino porque sentía cierto alivio al saber que lo que estaba ocurriendo dejaba de ser exclusivo de aquella relación padre-hijo. Me estaban alcanzando rápidamente las emociones acumuladas de la última hora y media, esas que no podía procesar porque estaba aferrado a la idea de me podrían matar en cualquier momento o, cuando menos, habría arruinado mi propia vida al traer mi novio a casa. Y es que cuando eres adolescente, todo lo malo que te pasa siempre es lo peor que te ha pasado. Y sí, justamente yo era un adolescente. De entre tantos problemas, ese era el que más escapaba a mi control.
Mi mamá escaneaba mi cuerpo con un miedo que la hacia más lenta de lo usual. Me miraba poco a los ojos y cuando lo hacía parecían cargar con lo que interpreté como vergüenza. Siempre me quedaba esa sensación de que estaba añadiendo un inconveniente más su plato. Podía ver que un monólogo corría por su mente, pero ninguna frase concreta dejaba sus labios. Nunca vi a mi madre como alguien que le temiera a mi padre. De hecho, ella ya le había hecho frente en diferentes oportunidades y de diferentes formas. Nunca identifiqué su vacilación como miedo sino cansancio o mero desinterés. Yo quedaba relegado a un problema más del montón cuya prioridad estaba sujeta a un orden ajeno.
La tarde se convertía en noche mientras yo vomitaba explicaciones sobre todas las cosas que papá encontraba en mi teléfono. Yo era un pirata ayudándole a encontrar tesoros en lugres inhóspitos. Chistes internos, cosas sin importancia lógica, pero valor emocional, mis chats favoritos, mis likes, mi música, incluso esas que me avergonzaba escuchar, horarios de mis clases, pasantías o servicio comunitario. Todo estaba a disposición de alguien que no era hacker ni tampoco trabajaba para un servicio de inteligencia. Tenía que mostrarle el crimen, detallarle porqué era un crimen, y luego permitirle juzgarme por ello. Cualquier oración que no sonara lo suficientemente culposa era cuestionada hasta desdoblarse en una evidencia en mi contra.
Mis secretos eran caramelos para aquél niño de barba y canas. Cuando no quedaban más por revelar, se le agotó la fuente de inspiración a chistes irónicos. Remarcó una vez más lo retorcido y asqueroso de mi forma de ser, y me pidió que me bañara. Yo estaba aún manchado con mi propia sangre.
En la ducha aproveché para soltar un poco las lágrimas. Viendo esto en retrospectiva, elijo encontrar algo de belleza y dignidad en el acto de guardármelas hasta estar a solas. Cuando eran solo para mí, allí las lágrimas podían correr. Llorar a solas y en silencio era mi forma de orar.
De repente, esas gotas saladas eran el único tesoro que no me habían podido robar ese día. Mis lagrimas eran todas para mí y solo para mí. Ningún sollozo delataría mi festín.
Con el pasar de los minutos me hice consciente de que estaba en el mismo baño del cual quería escapar un par de horas atrás. Volví a pensar en mi novio y las lagrimas me volvían a caer.
–¡Hijo, apúrate que queremos hablar! — escuché decir a mi papá con tono solemne. Respiré profundo y traté de mantener la cara neutra. La única máscara con la que él quería verme era la de vergüenza y arrepentimiento por el acto asqueroso y deshonroso que yo había llevado a cabo en su casa ese día y todos los demás antes de ese.
Me explicaron ciertas reglas que había que seguir en casa a partir de ahora y cómo iba a funcionar mi libertad condicional. Fueron un par de horas largas de conversaciones duras, preguntas incómodas, silencios, miradas, conversaciones triviales que nada tenían que ver con todo aquél contexto.
Dejé mi cuerpo un rato para pensar en lo mucho que quería dormir. Y de hecho llegó la noche. Ya era hora de acostarse, y como mis padres se estaban separando desde hace semanas, a mí me tocaba compartir el cuarto con el mismo hombre que me amenazó con un cuchillo.
Durante esa noche, y las que le siguieron, escuché a mí papá hacer incontables preguntas retóricas a las que de hecho sí esperaba una respuesta (una que nunca era la que yo tenía para ofrecer). Recitaba amenazas como si fuesen la más bella de las poesías o la historia más fascinante de cualquier mitología. De entre sus favoritas estaba aquella en la que me raparía todo el cabello en cuanto me durmiera. Odiaba profundamente verme con el cabello “largo”, mejor dicho, odiaba verme con cabello, punto. Según él, el cabello largo era lo que hacía a los hombres homosexuales. Si el cabello no era largo, pero sí muy abultado, le generaba el mismo asco, porque podría indicar poca prolijidad en mi carácter. Yo llegaba a plantearme que tal vez él me veía como una muñeca con la cual nunca lo dejaron jugar. Aunque nunca entendía del todo a qué me refería con eso.
De a momentos, el se acordaba del instante en el que le dije que tenía a mi novio en el baño, me imitaba en tono burlón e iniciaba un monólogo que en ocasiones duraban una hora y media.
En mi cuarto dormíamos en “literas”. Al humillarme o amedrentarme desde la cama de abajo, no podía ver mi reacción. Se exasperaba cuando yo no le contestaba nada y golpeaba la estructura de madera que sostenía mi colchón, pronunciando mi nombre para asegurarse de que yo no estaba dormido aún. Se le hacía una profunda falta de respeto que yo me durmiese antes que él. Y es que ¡cómo podía yo dormir tan tranquilo cuando él no podía parar de revivir la misma escena en su cabeza una y otra vez! Casi siempre terminaba diciendo que al acordarse de todo sentía que quería golpearme de nuevo.
Evidentemente no dormí esa noche, ni ninguna otra hasta que se fue de aquel apartamento para vivir con su nueva novia. Aun así, estuve años sintiendo cómo mi cuerpo se encogía cuando llegaba la noche; adelantándose al sonido especifico de sus llaves acompañando cada pisada en dirección a mí.
Aunque se había ido a otra ciudad, su fantasma reclamaba cada esquina de aquel lugar que nunca logré llamar hogar. Sin darme cuenta, una parte de mí se acostumbró a buscar su rostro entre la multitud, entre los estudiantes de mi universidad, el personal del centro cultural donde realicé mi servicio comunitario, los delincuentes que reconocía en la calle, y el testigo en mi cabeza que siempre analizaba mi forma de caminar.
Este tipo de experiencias no eran lo cotidiano, por supuesto. Estos episodios de abuso y de violencia era contextuales, y tenían periodos de intensidad y otros en donde «desaparecían» por completo. El no hablar de lo ocurrido en el último episodio era la forma más fácil, y su favorita, de hacerse creer que «ahora él era diferente y mejor persona que entonces» y que «Ya no necesitaba ser así porque yo había aprendido mi lección». Y era en esos momentos de aparente calma que la violencia se manifestaba en la manipulación emocional: «Otros carajitos desearían tener un padre que los quiera como yo, y a ti eso no te importa». «¿Por qué no quieres compartir tiempo conmigo?», «Nunca me dices que me quieres», «Como quisiera que tuviésemos una relación como la de mi papá y yo», etc.
Con los años, al procesar todo esto con la ayuda de terapia y conversaciones con amigos, pude dimensionar mejor lo profunda de esta herida y lo ancha que era. No solo por su impacto en mí, sino también por su impacto en mi entorno. La amiga a la que mi padre le había «confesado mi asesinato» aún no logra sacudirse el eco de sus palabras. Otros amigos, se impresionaban al verme las marcas que intentaba cubrir con prendas absurdas. Una mezcla de culpa y vergüenza me invadía cuando intentaba responder a sus preguntas.
No vi a demasiadas personas los días siguientes al suceso. Tampoco era lo más prudente. Las que vi, trataron de darme todo su amor, y fueron esos pequeños momentos donde mi corazón podía descansar y por los cuales estoy profundamente agradecido. No todo el mundo tiene esos espacios, y no todos logran contenerse en ellos. Si así fuese, tal vez no existiría gente como ese hombre…
Hoy les comparto esta historia con la intención de visibilizar una de muchas experiencias que por sus características homofóbicas, hablan de hostilidades que afrontamos dentro de la comunidad LGBTIQ+. No obstante, la violencia descrita en este relato es la marca de una comunidad más grande marcada por conquistas, guerras e incontables disputas de poder a lo largo de generaciones. En la Venezuela que yo viví, la homofobia coexistió con muchos otros tipos de violencia, y se ha plasmado en la memoria colectiva de formas que no podemos darnos el lujo de ignorar

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