Un silencio solemne inundaba la sala de Julia. Sus piernas flaqueaban con una sensación de pesadez que le resultó inusual. Las últimas tres noches había creído escuchar el timbre durante la madrugada. No estaba segura de si era algo real o solo sucedía en su cabeza. Y es que el timbre lo tocaban una sola vez, sacándola de golpe de un sueño liviano. El ring le hacía vibrar los músculos y empujaba su corazón de un solo tirón. Ella quedaba confundida unos segundos, se levantaba en silencio, de mal humor y alerta. Encendía las luces y se dirigía a la puerta de su casa para echar un vistazo por el ojo de la puerta. Si bien nunca veía a nadie, es cierto que la luz del pasillo permanecía encendida un rato. No obstante, esas luces tenían la costumbre de encender por cualquier cosa. A veces se encendían en cadena cuando un vecino al final del pasillo entraba a su casa, por lo que no eran un signo claro de que realmente alguien había estado allí.
La tercera noche, asustada por lo reiterada de la situación, decidió no encender las luces al escuchar el timbre. En cambio, se acercó en silencio y a oscuras, presionó su oreja contra la puerta y contuvo la respiración para intentar escuchar algo. Tal vez pasos, voces, el metal de alguna llave… pero seguía sin percibir nada más allá de sus propios latidos agitados por el «Ring».
Julia pensó que se estaba dejando confundir por sus sueños. Le había ocurrido en el pasado que creía escuchar voces, canciones o sonidos específicos, pero en realidad todo provenía de sus sueños. Otras veces ella se despertaba a sí misma con el sonido de su propia voz murmurando algo, y en una rara ocasión, gritando algo.
Se preguntó si la razón de todo aquello era mero estrés. Quizá el viaje que estaba por hacer la tenía tensa. Y no era un pensamiento muy descabellado, pues había tenido que reprogramar su vuelo por cambios en la normativa de una de las aerolíneas con las que haría la conexión. Además, cuando le hablaba a su psicóloga sobre la posibilidad de extender su estadía en Venezuela, la garganta se le estrechaba un poco. Era obvio, aún tenía temas por resolver en su tierra. Seguramente de allí venían muchas de esas sensaciones extrañas que aún la atormentaban.
A tan solo un día de su viaje, Julia se decidió por un descanso pleno. Preparó su tecito de tilo, lo bebió con un comprimido de melatonina, y se dispuso a leer un poco de poesía para invitar su cuerpo a la calma. Los minutos se le escurrieron entre sorbos y rimas.
A eso de las 2 de la madrugada un sonido suave y breve la despertó: El rechinar de la puerta de su casa abriéndose lentamente. Su pecho se hundía y saltaba de vuelta.
Escuchó susurrar a un hombre de voz gruesa. Quiso llamar a la policía, pero recordó que su celular había quedado en la mesa del comedor. Intentó saltar de la cama, esconderse, pero el cuerpo no le respondía, se sentía pesada.
-¡Mira mira, un celular!- Decía un hombre a lo lejos. El sonido de pasos y susurros se detuvo en seco por unos segundos.
Julia ya no escuchaba nada, pero podía sentir a alguien instalarse detrás de la puerta de su habitación. La puerta hizo eco de un golpeteo gentil, y poco después la perilla comenzó a girar lentamente. Aterrada, Julia recitaba en sus adentros una oración para el Arcángel Miguel:
Arcángel Miguel, a mi derecha
Arcángel Miguel delante de mí
Arcángel Miguel, a mi izquierda
Arcángel Miguel detrás de mí,
Protégeme con tu espada bendita
Destierra al demonio de este hogar
Hazme invisible a todo mal
Amén.
La puerta cedió paso a un rostro ennegrecido; detrás de él, dos más le siguieron. Julia cerró los ojos con todas sus fuerzas en un esfuerzo por hacerse invisible. Por un instante volvió a aquellas noches de su infancia, cuando se hacía la dormida para que su mamá no descubriera que se desvelaba viendo la televisión con el volumen bajito. Recordó las tardes de domingo, cuando jugaba al escondite con sus primos y pensaba que si contenía la respiración lo suficiente, el aire no delataría su ubicación. Volvió a aquellos recuerdos de Octubre, jugando en una casa embrujada que decoraban los vecinos para celebrar Halloween. También recordó que a su abuelo le parecía una terrible idea porque esas cosas eran del diablo, mientras que su abuela no paraba de señalar que era una tradición gringa que nada tenía que ver con Venezuela, lo que le parecía todavía peor.
Julia agonizaba con cada recuerdo, pues sentía como si se los arrancaban para siempre. Algo estaba por ocurrir y ella, petrificada en su cama, no podía hacer nada para detenerlo. Se cuestionó el té de tilo que había tomado, se preguntó si alguien había puesto algo en él para sedarla.
En silencio, frente a la cama, los intrusos intentaron encender la luz, pero el interruptor no hizo nada. Uno de ellos sacó su celular y encendió la linterna apuntando a la cama.
-¡Dios mío!- Dijo un hombre en tono serio, haciéndose la señal de la cruz. Julia se percató de que aquellos hombres llevaban mascarillas. Uno se cubría también con el antebrazo y sus ojos delataban repugnancia y terror.
–¡Por favor no me hagan daño! – logró gritar Julia.
Todas las miradas se fijaron en una esquina junto a la cama. El hombre que sostenía el celular lo dejó caer de un golpe, con movimientos torpes salieron todos corriendo de aquella habitación, donde el cuerpo de Julia llevaba al menos 3 días descomponiéndose.
Un paro cardíaco súbito había sido la conclusión del forense. A Julia la encontraron aferrada al cabecero de la cama con los ojos desorbitados en dirección a la puerta de la habitación. Algo la había aterrado hasta matarla. Los vecinos reportaron haber escuchado el timbre de su casa en las noches previas al descubrimiento de su cadáver.

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