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Portafolio de ideas

Estaba viendo el tercer episodio de Half Men; una serie británica, bastante cruda, que recorre un vínculo complejo entre dos hombres muy diferentes. En una escena, uno de los personajes le dice entre lágrimas a otro “It’s not gonna happen”. Dejando en claro, y de manera inmediata, que no piensa salir del closet. En sus ojos se puede apreciar el desespero de un adolescente que se muere por ser libre pero que lo haya imposible. Pues, al menos para él, esa libertad no es tal.

Esa imagen me generó un rechazo tremendo. Reaccioné inmediatamente con: Pero dale. Suéltalo. Libérate. Tras unos segundos recordé que todos respondemos diferente ante la misma situación; y que eso que le decía a la televisión, en realidad me lo decía a mis yoes del pasado. Los Deys que fui entre mis 10 y 17 años. Recordé entonces mis múltiples “salidas del closet” con mis padres, amigos y familiares en diferentes puntos de mi adolescencia. Si bien recordé el miedo, el caos y la angustia, también recordé esa poderosa sensación de libertad y catarsis cuando dejaba de sostener las mentiras y simplemente me entregaba a “la verdad”.

Ser «gay» me aterraba y aliviaba al mismo tiempo. El terror venía de la soledad que volvía a doler con el rechazo; mientras que el alivio venía de hacer catarsis a través de la palabra. Siendo gay, mi yo adolescente tenía por fin voz y verbo para hacer sentido de las cosas que me hacían diferente de los hombres que veía a mi alrededor; por quienes llegué a sentir un profundo rechazo. A diferencia de la palabra Marico, Pato o Loca, Gay era una palabra que no había sido usada como arma en mi contra. Quizá, ahora que lo pienso, de allí vino mi interés en aprender inglés.

El español al que yo había estado expuesto me parecía muy tajante, agresivo y restrictivo en cuanto a los roles de genero y la sexualidad. Después de todo, muchas palabras o expresiones en inglés son de genero neutro. Al exponerme al inglés, lo referente al género (masculino/femenino) pasaba a un segundo plano, y esto me venía como anillo al dedo para ser primero y categorizar después.

Yo nunca quise ser como la imagen de los hombres que mi entorno se empeñaba en imponerme. Mi padre, mis tíos, primos, los bullys del colegio o los cobardes sin identidad que les seguían el juego a sus chistes, insultos y maltratos. No quería ser como los profesores varones que se burlaban de mí o hacían la vista gorda. No quería ser como el hombre que le disparó al abuelo que no conocí, el que drogó a mamá para robarla, los que me amenazaron con pistolas o cuchillos por las calles de Caracas. No quería ser como los políticos de Venezuela en los 2000, sus policías o jueces corruptos, o los dos dictadores a los que sobreviví. No quería parecerme al padre de “Simón el gran varón”, el pseudo profesor de música (irónicamente homosexual) que era un PDFile, o los “comediantes” imbéciles que tanta mierda esparcían a través de la televisión nacional durante años. Tampoco se me antojaba ser como el muchacho que me veía a escondidas de sus amigos por vergüenza, y por quien tuve un crush que realmente nunca se me fue del todo. Igual, todo bien contigo rey. Ya no te lo reprocho. Era básicamente un ritual de iniciación gay para la época.

En aquellos días de adolescencia, si bien me aterraba ser abiertamente homosexual, sentía la esperanza de poder ser un hombre diferente. Una alternativa más alegre, sensible, colorida, y sobre todo: más libre. Al final, según yo, el mal de todos esos hombres que aborrecía no era realmente su sexo sino lo presos que estaban de las apariencias, del miedo de ser quienes eran realmente y ser rechazados en consecuencia. Esos hombres eran presos de la soledad intrínseca del ser humano. Esa soledad que somos por el simple hecho de existir como individuos. En lugar de aceptarla, celebrarla y honrarla, preferían sacrificar esa libertad por el cariño de otros hombres tan aprisionados como ellos.

Ese fue el concepto que, sin darme cuenta, construí en mi mente: ser gay es ser libre. Sí, obvio que siempre he sabido que esa palabra era técnicamente un sustantivo para referirse a hombres que gustan sexual o románticamente de otros hombres… lo cual quizá no parezca tan obvio con lo que he expresado, pero espérenme tantito que aún no termino de hablar. Carajo. La puta que los parió.

Hoy tal vez, al decir que soy gay, realmente lo que intento expresar es: “soy libre de ser yo, a la vez que soy pene-portante”. Que me sienta atraído sexual y románticamente por otros individuos pene-portantes es un agregado, una casualidad, y a veces una maldita desgracia. ¡Malditos hombres!

Bueno, volviendo a la idea… ser gay blah, blah, blahser hombre a mi manera.

Hasta ahora, quizá suena a que soy una especie de gay-feminazi-woke-obsesionado-por-la-verg4, y a la vez profundamente conflictuado por ella. No obstante, y afortunadamente, mi relación con los hombres no siempre ha sido negativa ni se ha basado exclusivamente en lo sexual, el rencor, el miedo o esas cositas. Después de todo, si bien me armé mi propio concepto de gay, no es como que inventé el concepto de ser hombre, ni nada remotamente similar. I mean, de alguien debo haber tomado inspiración, sabiéndolo o no. Por ejemplo, tengo un abuelo al que afortunadamente no me mataron aún *pausa para tocar madera* que a su manera me ha querido mucho y de hecho fue quien me regaló mi primer instrumento musical: un teclado Yamaha que tuve que dejar al emigrar. Ouch.

En el colegio había niños que, lejos de burlarse de mí, intentaron conectar conmigo. Pero bueno, se podrán imaginar que yo en aquellas épocas estaba un poco cerrado a la idea de que algún pipi-portante no fuese un completo imbécil. Entonces me pasaban dos cosas: me asustaba y me alejaba, o caía loca e irremediablemente enamorada de ellos #MIGAJERA. PERO BUENO, NO VINIMOS ACÁ PARA ENJUICIARME. I’M BEING VULNERABLE, YOU GUYS! *Música de ternura y melancolía plays in the back*.

Entonces, a lo largo de mi vida sí logré conectar en cierta medida con otros hombres. Hice amigos increíbles, otros gais que como yo estaban abriéndose paso en la vida siendo hombres libres, hombres diferentes. Ellos también estaban presos de la locura, traumas y otro sin fin de cosas, pero en una forma más chic y aesthetic. Dare I say cunty, even. Llegué a tener no uno sino DOS noviecitos maravillosos en Venezuela. No al mismo tiempo, por supuesto. Aún no dominaba esas artes milenarias.

Al emigrar a Argentina, tuve la oportunidad de conocer otros tipos de hombres, lo cual me permitió sanar un poco mi relación con los pipi-portantes heterosexuales, ya que acá logré hacer amigos que me quisieron un montón. Hombres libres, pero heterosexuales. ¡SÍ, HETEROSEXUALES Y LIBRES! Y lo que se me hizo aún más sorprendente: varios de ellos también eran venezolanos, lo cual se me voló la cabeza en su momento. #Trascendental #Trifásico #Avasallante.

También conocí uno gay (aún no sé si era libre o no), que me hizo el corazón pedazos, y un poco el orto también, no les voy a mentir a ustedes mi audiencia más leal. Que llegaron hasta este punto de la historia. ¡Qué al pedo que están, por dios!

He descubierto y conectado con cantantes, electricistas, camioneros, marqueteros, youtubers, escritores, historiadores, cocineros, compañeros, amigos, padres, abuelos, esposos, etc. Estos pija-portantes han tenido algo positivo para aportar a mi monólogo interno. Esos hombres existen, aunque dependiendo de la temporada se hace más raro encontrarlos, pero el punto es que están por ahí. Seguramente siempre estuvieron por ahí, pero desde mi experiencia, era difícil verlos, reconocerlos y abrirles la puerta. Esto último aún se me hace difícil, especialmente cuando se trata de intimidad sexual o emocional. Pero es una relación a la que me seguiré presentando, supongo. Un poco porque la vida me empuja, y también porque reconozco que es algo que quiero hacer. Y es que relacionarme con otros hombres es relacionarme con el hombre en mí, al cual no puedo escapar aunque quisiera. *Pausa para tomar agüita* Eso de “el hombre en mí” me calentó un poco :$.

Pero bueno, creo que es importante que me tome un momento para entender o al menos reconocer un par de cosas:

  1. Las palabras tienen más de un significado, tanto en la narrativa colectiva como en la individual. Por ejemplo, en mi monólogo interno la palabra gay está más asociada con la libertad que con la sexualidad en sí; aunque obviamente, al conversar con otros, esa palabra solo la uso para dar a entender que me gusta la Verg-.
  2. Las relaciones pueden ser abordadas de incontables maneras. Somos seres multidimensionales y al relacionarnos con otras personas, animales, ciudades, o conceptos, lo hacemos en más de una dimensión. No creo necesario ni saludable que intentemos entenderlas o conocerlas todas; pero se me hace muy interesante tener este tipo de conversaciones internas y ver qué historias me proponen. No creo que todas esas historias que nos contamos sobre nuestras relaciones sean 100% confiables, pero me seduce la idea de abordarlas y conectar con partes de quien soy o quienes he sido.
  3. Todo esto que leíste es culpa de la serie Half Men. Que recomiendo encarecidamente ya que es “Un drama intimo sobre la masculinidad”.

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